“El fotógrafo Richard Avedon contaba la iniciación de su conciencia a los misterios de la belleza y el arte las tardes de su infancia que pasó sentado en la escalera de incendios de la casa de su familia en Nueva York, escuchando la música sobrecogedoramente bella que aquel gigantesco vecino, el concertista ruso (Rachmaninoff), arrancaba a su piano...

El fotógrafo Avedon también contaba que la primera modelo de sus fotografías fue su propia hermana, una chica tan guapa que muy pronto "fue destruida por su belleza"; su propia imagen la vació, se volvió loca y hubo que encerrarla.

Avedon contaba esta catástrofe sin reservas, habían pasado ya décadas desde entonces, pero en su mirada permanecía una señal melancólica y una luz de alarma”.

(Ignacio Vidal-Folch )