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Terra
La Coctelera

La crueldad de Dante

Siguiendo a Virgilio por los varios círculos infernales, Dante llega al lago glacial en el que las almas de los traidores son presas hasta el cuello en el hielo. Entre las terribles cabezas que gritan y maldicen, Dante cree reconocer la de un cierto Bocca degli Abati, culpable de haber traicionado a los suyos y haberse aliado al enemigo. Dante pide a la inclinada cabeza que le diga su nombre y, como es ya su costumbre a lo largo del mágico descenso, promete al pecador fama póstuma en sus versos cuando vuelva al mundo de los vivos. Bocca le contesta que lo que desea es precisamente lo contrario, y le dice a Dante que se vaya y no lo fastidie más.

Furioso ante el insulto, Dante coge a Bocca por el pescuezo y le dice que, a menos que confiese su nombre, le arrancará cada pelo de la cabeza. "Aún si me dejases calvo", le contesta el desdichado, "no te diría quien soy, no te mostraría mi cara/ aunque mil veces me azotases". Entonces Dante le arranca "otro puñado de pelo", haciendo que Bocca lance aullidos de dolor. Mientras tanto, Virgilio, encargado por la voluntad divina de guiar al poeta, observa y guarda silencio.

Podemos interpretar ese silencio de Virgilio como aprobación. Varios círculos antes, en el Canto VIII, cuando los dos poetas navegan a través del Río Estigio, Dante, viendo cómo uno de los condenados se alza de las aguas inmundas, le pregunta, como siempre, de quién se trata. El alma pecaminosa no le da su nombre, sólo le dice que es "uno que llora" y Dante, sin conmoverse, lo maldice ferozmente. Virgilio, sonriente, toma a Dante en sus brazos y lo alaba con las palabras que San Lucas usó para alabar a Cristo. Entonces Dante, alentado por la reacción de su maestro, le dice que nada le daría mayor placer que ver al condenado volver a hundirse en el fango atroz. Virgilio le dice que así ocurrirá, y el episodio concluye con Dante agradeciendo a Dios la concesión de su deseo.

A través de los siglos, los comentadores de Dante han intentado justificar estos actos como ejemplos de "noble indignación" u "honorable cólera", que no es un pecado como la ira (según Santo Tomás de Aquino, uno de las fuentes intelectuales de Dante), sino una virtud nacida de una "causa justa". El problema, claro está, reside en la lectura del adjetivo "justo". En el caso de Dante, "justo" se refiere a su comprensión de la incuestionable justicia de Dios. Sentir compasión por los condenados es "injusto" porque significa oponerse a la imponderable voluntad divina.

Tan sólo tres cantos antes, Dante cae desmayado de piedad cuando el alma de Francesca, condenada a girar para siempre en el vendaval que castiga la lujuria, le cuenta su triste caso. Pero ahora, más avanzado en su ejemplar descenso, Dante ha perdido su flaqueza sentimental y su fe en la autoridad es más robusta.

Según la teología dantesca, el sistema legal impuesto por Dios no puede ser tachado ni de erróneo ni de cruel; por lo tanto, todo lo que decrete debe ser "justo" aun cuando se halle más allá del entendimiento humano. Las acciones de Dante -la tortura deliberada del prisionero preso en el hielo, su sórdido deseo de ver al otro prisionero ahogarse en el lodo- deben ser entendidas (dicen los comentadores) como una humilde obediencia a la Ley y a una incuestionable Autoridad Mayor.

G. K. Chesterton dijo alguna vez: "Obviamente, no puede haber seguridad en una sociedad en la que el comentario de un juez de la Corte Suprema, diciendo que asesinar está mal, sea visto como un epigrama original y deslumbrante".

Alberto Manguel es escritor y crítico literario argentino.

Cuando Jean Dézert resolvió suicidarse, escogió un domingo a fin de no faltar a la oficina

"Durante toda la semana espera el domingo. En su ministerio, espera el ascenso, mientras espera la jubilación. Una vez jubilado, esperará la muerte. Él considera la vida una sala de espera para viajeros de tercera clase. (...). Cuando Jean Dézert resolvió suicidarse, escogió un domingo a fin de no faltar a la oficina".

(Jean de la Ville de Mirmont, Los domingos de Jean Dézert).

Los domingos de Jean Dézert, publicada en 1914 y la obra más interesante de las que dejara Jean de la Ville. Esta novela es todavía hoy de una sorprendente modernidad y cuenta con un personaje que entronca con los entonces incipientes antihéroes de una generación de jóvenes escritores europeos (Hamsun, Robert Walser, Larbaud) que, a caballo entre el diecinueve y el veinte, llevaron a cabo la revolución fundamental de la literatura moderna, es decir, la introducción de lo fragmentario y la desarticulación del gran estilo clásico y de su caducada idea de totalidad.

ENRIQUE VILA-MATAS. EL PAIS. 01/02/2009.

Listas

Roland Barthes:

"Me gusta: la lechuga, la canela, el queso, los pimientos, Haendel, los paseos mesurados, la sal cruda, las novelas realistas, el piano, el café (...)

No me gustan: los perros falderos blancos, las mujeres en pantalones, los geranios, las fresas, el clavicordio, Joan Miró, las tautologías, los dibujos animados, los mediodías, la fidelidad, las veladas con gente que no conozco...".

Catálogo ragionato di libri introvabili :

El Quijote de Pierre Menard; Quadern verd, de Jusep Torres Campalans; todos y cada uno de los libros inventados por Bolaño en La literatura nazi en América; una perla titulada Retrato del autor visto como un mueble, siempre, de Georges Perec; Enciclopedia de las ciencias inexactas, de Henri Chambernac; Eclipses littéraires, de Robert Derain (París. M. Maniere, 2000, 13,50 euros); bromas cargadas de malicia como Le facteur chouette et la derridance, de Jacques Derrida, o el libro de Roberto Benigni Los espárragos y la inmortalidad del alma (6,20 euros); un tratado sobre las narices, escrito por Hafen Slawkenbergius (Londres, Letters, Yorick 1761)...y 300 más.

En En busca del catálogo perdido. Vila-Matas.

El oso y el cazador

"A los osos les encantan las golosinas. A la escuela no quieren ir, pero una siestecita en el bosque, oiga, con mucho gusto. Cuando les queda poca miel se llevan las manos a la cabeza y están tan tristes, pero tan tristes, que ni sé (...). Por el bosque anda el cazador, y con su fusil apunta entre esos dos ojos pequeños".

Zbigniew Herbert.

Morandi

"Cuando Giorgio Morandi murió, el 18 de junio de 1964, en el caballete de su estudio se encontró su última obra, pulcra y terminada, un lienzo de formato pequeño, como casi todos los suyos, con una firma nítida en el ángulo inferior izquierdo, "Morandi", escrita con una caligrafía algo escolar, la firma de alguien acostumbrado a escribir con letra grande y clara en una pizarra. Morandi, que apenas salió de Bolonia y vivió siempre en el mismo apartamento familiar, se ganó la vida muchos años dando clases de dibujo en escuelas primarias. En 1930, a los 40 años, obtuvo una plaza como profesor de grabado en la Escuela de Bellas Artes de Bolonia; en ella continuó enseñando hasta su jubilación, incluso cuando su nombre ya era conocido fuera de Italia. Jamás viajó en barco ni subió a un avión. Vivió toda la vida con sus tres hermanas, solteras como él. Era tímido, muy trabajador, aficionado a conversar con unos pocos amigos y a ofrecerles de vez en cuando el regalo de un cuadro. Era uno de esos hombres muy altos contrariados por su propia estatura, que tienen siempre el gesto de encoger los hombros como para pedir disculpas o pasar bajo una puerta. De vez en cuando iba en tren a Florencia para estudiar de cerca a Giotto, a Paolo Ucello, a Piero de la Francesca". (...) "Mi única ambición", dijo una vez, "es disfrutar la calma que necesito para trabajar". Tenía la paciencia de dejar que el polvo fuera cubriendo sus botellas y tazones, amortiguando su brillo, que la luz gastara los colores de las cajas. Botellas, jarras, cajas, adquirían el perfil de las torres de las ciudades medievales italianas o de los minaretes y cúpulas de un Oriente inventado. Por la ventana del estudio entraría una luz nublada de patio interior. Sus gafas de concha de observador absorto eran el telescopio de examinar las galaxias que caben en una alacena. Una casa campesina o un camino blanco entre árboles eran paisajes que merecían el asombro de un Marco Polo que no hubiera salido nunca de su comarca natal".

Astronomía de Morandi. ANTONIO MUÑOZ MOLINA 15/11/2008

El primer recuerdo de Edmond de Goncourt

"Cuando a Julian Barnes (...) confesó su envidia absoluta por el primer recuerdo de Edmond de Goncourt, un recuerdo contado por éste a los 60 años, al enterarse de la muerte de su prima Fanny Curt, que acababa de cumplir 76. El anuncio de la muerte de Fanny trajo a Goncourt la memoria del primer recuerdo de su vida, de cuando tenía siete años y estaba pasando unos días con su prima, recién casada, y con el marido de ella. Ambos se mostraban liberales y abiertos, y el niño podía entrar y salir de sus habitaciones. Una mañana, buscando ayuda para preparar sus útiles de pesca, entró en el cuarto del matrimonio, y allí vio a su prima, con las piernas abiertas y el culo sobre un cojín, a punto de ser penetrada por su marido. Hubo un revuelo de ropas de cama y la escena fue vista con la misma velocidad con la que desapareció, como si hubiese sido una alucinación. "Pero la imagen quedó en mí -anotó Goncourt- y aquel culo rosa sobre un cojín con festones bordados fue la imagen dulce, excitante, que se me aparecía cada noche, antes de caer en el sueño, por debajo de mis párpados cerrados". Lo que el irónico Barnes más envidiaba a Goncourt era que hubiera sido capaz, medio siglo después, de rememorar los festones bordados del cojín: "Eso prueba la capacidad de escritor de Goncourt, porque leo su descripción y me pregunto si, de haber sido yo el que hubiese estado allí mirando a la pareja con ojos desorbitados, habría advertido esos festones bordados".
ENRIQUE VILA-MATAS 09/11/2008

Estatutos de limpieza de sangre en Bilbao

“¡Como si nos estuviéramos muriendo por no poder morar en aquella fertilidad de Ajarafe y abundancia de campiña!”

El converso Hernando del Pulgar, secretario de Isabel la Católica, al enterarse de que los vascos habían puesto en vigor unos estatutos de limpieza de sangre que impedían avecindarse en su tierra a los descendientes de judíos.

Entró sin decir nada, se quitó los zapatos y se metió en mi cama

"Hace algo más de 20 años, hice un viaje a Corea del Sur. Tenía mucho tiempo y poco dinero, lo que me condujo a un hotel barato, frecuentado por gente de provincias que debía hacer gestiones en Seúl. La primera noche, apenas acostado, alguien llamó a mi puerta. Era el chico de la recepción, con una oferta: "¿Girls, mister?". Le respondí que no, gracias, y me olvidé del asunto. Hasta la noche siguiente, cuando se repitieron el golpeteo en la puerta y la oferta, aderezada esta vez con nuevos elementos: el muchacho me ofreció a su "hermana pequeña". Volví a responder que no, quizá de forma demasiado tajante. El muchacho debió de hacer sus deducciones y no tardó ni 10 minutos en volver. En esa tercera visita, no se entretuvo en explicaciones: entró sin decir nada, se quitó los zapatos y se metió en mi cama. No crean que fue fácil echarle".

Enric González, El País.